martes, 31 de marzo de 2015

Heroes Imperfectos

“En profesiones como la que yo tengo se palpa que todos los compañeros no han tenido vocación de esta profesión, de actores, sino de actores triunfantes. Pero actores triunfantes hay diez. Entonces vive uno constantemente rodeado de personas frustradas”.Fernando Fernán Gómez.
Cuando somos niños, soñamos con hacer cosas extraordinarias. Imaginamos a lo grande y nos situamos allí. Todo nos parece posible y el presupuesto de nuestras pretensiones no escatima en gastos: no queremos ser un futbolista, queremos ser el que marca el gol de la final; no queremos ser un cantante de bar o el que crea corrillos en su Plaza Mayor, queremos ser el que llena los estadios.
Pasan los años y crecemos convencidos de que madurar es aprender ‘cómo son las cosas’, y damos con ello el primer paso hacia el conformismo al tiempo que cambiamos el subjuntivo infantil por el indicativo adulto. Del deseo a la ‘realidad’. ¡Quién querría ser una estrella… con lo que eso quema!
Cualquiera puede decir con ‘semi-razón’ que la mayoría de deseos de un niño está fuera de posibilidad, pero es solo una razón a medias. Se trata de sueños que, analizados ahora, pueden parecer una tontería, pero que no lo son. Lo que ocurre es que, cuando nos vamos haciendo mayores, nos damos cuenta de la dificultad de las cosas, y que aquello por lo que realmente podemos luchar no es tan grande como creíamos. Pero eso no implica que no debamos pelear por nuestro trocito.
Le tendencia de nuestros días a simplificarlo todo (lenguaje, estrategias, relaciones, etc.) por la primacía de la inmediatez ha conducido a un contexto repleto de dicotomías o dualidades opuestas: rico-pobre, bueno-malo, todo-nada y, la más dañina a la que nos ocupa, éxito-fracaso. Pero la paradoja de las dicotomías es que, dividiendo todo en dos montones, se dejan cosas de por medio, y en el caso del éxito y el fracaso, lo que hay en medio es el intento.
Por eso el mundo no se divide entre los que lo consiguen y los que no, sino entre los que se esfuerzan y los que no, los que lo intentan y los que dicen “¡va, esto no va conmigo!”.
Sueños los tenemos todos, pero solo son unos pocos los que no los abandonan.
Lo contrario del éxito no es el fracaso, es no intentarlo”.
El mundo no es solo para los mejores, es para todos. Decía Voltaire que “lo mejor es enemigo de lo bueno”, y no le faltaba razón ni le sobraban motivos. Vivimos en una cultura que distribuye por todos sus canales mensajes de exigencia y que demanda resultados buenos y rápidos. Esto ha producido en nosotros una forma de parálisis por miedo al fracaso que nos ahoga en un mar de oportunidades perdidas.
El perfeccionismo, lejos de ser clave alguna del éxito, es una zancadilla en el camino del logro que solo evidencia un miedo a la incertidumbre, a no ser demasiado buenos. Y el que no acepta la incertidumbre, se queda sin sorpresas.
En este momento ya no es la cultura, sino nosotros mismos, quien crea una dicotomía que bien podría llevar el lema de “o dios, o nada”, donde, de nuevo, en medio aparece algo: tú. Y es en esa mitad, la del intento y la acción, entre los dioses y los mortales, donde, como se escribía en la mitología griega, reside el espacio para los héroes. Ni divinos como para ser inmortales ni terrenales como para ser olvidados, simplemente héroes.

Se viene conmigo

Crecer duele. Duele de una forma extraña, sin que sepas identificar el foco del dolor. Duele en forma de miedo, de chocarte con tu realidad, de descubrir que no eres quien creías, de verte más pequeño, de cambiar de opinión. Pero crecer es crecer.
La ilusión, la pasión y las ambiciones no siempre logran que desaparezca el miedo –demasiado pasado–, pero te permiten seguir a pesar de él. Los sueños son brebaje para valientes.
Irse es dejar muchas cosas, pero nunca tu esencia. Vive de forma que te duela marcharte.

La verdadera esencia de la motivacion

La historia es sucesión, movimiento; el hombre, un “continuo deseando” -un homo volens- que pretendiendo actualizar su voluntad, crea el movimiento y con ello su historia.
Pensemos en una bici o en una peonza. En la primera, si no pedaleamos, caemos; en la segunda, si deja de girar, pierde su esencia. Necesitamos el movimiento para definirnos, y necesitamos una fuerza para movernos. Esa fuerza es el deseo.
Cuando esta fuerza no sucede, cuando nuestra capacidad de desear se ve mermada, caemos como la bici o la peonza, y esto es lo que ocurre con la depresión, el desánimo o la apatía, momento en que ni sabemos dónde ir, ni queremos estar donde estamos.
La vida no es nada en sí, sino lo que en ella ocurre. Hoy (a secas) no es nada, hoy es tu sonrisa por la mañana, nuestro café caliente, una reunión con los amigos o tus ganas de verle… ¡Que ocurran cosas! He ahí el secreto. He ahí la vida. Hay que crear movimiento, deseo.
En las últimas décadas ha surgido una fuerte corriente de estudio de las emociones positivas, (Psicología Positiva), que ha derivado en este boom de motivadores, expertos en desarrollo personal y coaching. Profesiones que, si son llevadas desde la honradez y el estudio, son tan necesarias como nobles. No es casualidad que surja en este momento, en el que las tasas de estrés y depresión son más altas que nunca en Occidente y donde el bienestar se halla en el punto de mira de todos.
Si bien existen dos vías para la motivación (aumentar la necesidad y hacer más atractiva la meta), el verdadero motivador se centra en la segunda.
¿Cuál es la verdadera misión del motivador?
Crear vida. Es decir, ilusionar, crear deseo para que nos lancemos a actuar, para que “ocurran cosas” y así creemos vida.
En  una de las conferencias más emocionantes que se pueden ver en la red, Benjamin Zander quiso demostrar que todo el mundo puede llegar a amar la música clásica. “No hay nadie completamente sordo (sin oído musical), de ser así no reconocería a su madre al coger el teléfono o si un amigo está triste o alegre”. Al final de la exposición, parte de la audiencia acabó llorando. Y es que,  para amar algo hay que conocerlo, entender su esencia, descubrir su belleza. No se puede amar lo que no se ve, y no sabemos ver.
Un pasito más. ¿Cuál es la verdadera misión del motivador?
Mostrar la belleza de las cosas para crear vida.
Vivimos en un mundo convaleciente, parcialmente enfermo. Y el diagnóstico se llama “desensibilización”. Nuestros sentidos están dormidos o aislados. Los ojos miran al suelo de camino al trabajo, el ruido de la ciudad nos aleja del canto de los pájaros y sus luces esconden el cielo estrellado. La envidia nos impide admirar, la frustración abrazar y el rencor seguir adelante.
El mayor problema de mucha gente que camina desorientada no es que no sepa querer, es que no sabe lo que quiere. El ser humano está deseoso de abrazar, pero no sabe qué, y esto es muy peligroso. Por eso, el trabajo de un motivador no es  enseñar a amar, sino mostrar la belleza de las cosas para que las amen. Es un líder que va delante pero vuelve para contarnos las maravillas que vio con tal entusiasmo y verdad que nos resulte imposible no querer verlas también.
Eres un motivadorErich Fromm se preguntaba si el hombre era perezoso por naturaleza. Y aunque lo hizo como recurso literario para poder negarlo, no era vano plantearlo así, pues en ocasiones lo que parece. No existe una pereza aprendida. Así como siempre decimos que la felicidad es el camino y no el destino, el hombre disfruta con la acción. Es con ella que “ocurren cosas”, es con ella que está vivo.
Más. El motivador, además de líder es -o debe ser- un soñador. Los soñadores viven en el mundo de la posibilidad. En su misión de mostrar lo bello emite un aura de ilusión. Desgraciadamente, la palabra ilusión ha sido manchada con tintes negativos que lo asocian a mentira o fantasía utópica. Y no se trata de ilusionar en la mentira, sino de una ilusión basada en la posibilidad.
¡Hay que rodearse de soñadores! Que nos cuenten lo que ven, que nos digan por qué sonríen tanto, por qué tienen tanta fuerza y si nosotros también podríamos tener un poquito de esa alegría de vivir… ¡Que compartan su secreto!
Somos un Homo volens, ese continuo deseando. Si no deseamos, no somos nada.

¿Es el hombre perezoso por naturaleza? Erich Fromm.

El por que del por que

Martin Luther King no dijo I have a plan, dijo I have a dream.Simon Sinek.
El cómo es esa pregunta secundaria terciaria a la que uno debe responder en el camino a la consecución de su meta. Por delante, el qué y, sobre todo, el por qué.
Responder al cómo de una forma u otra puede hacernos ahorrar tiempo, dinero, medios, etc., pero nunca debe ser una pregunta cuya respuesta determine si se parte en busca de lo que se desea o si se rechaza.
La mayoría de abandonos no tienen que ver con la imposibilidad del objetivo, ni siquiera con la dificultad, sino con la ausencia real de una causa. Sin embargo, sigue siendo el cómo el principal bastón sobre el que se apoyan las excusas. Si el sueño es auténtico, la dificultad solo aspira a demorar la meta, pero nunca a derribarla.
Al final, como en la ciencia, todo movimiento depende de un cálculo entre diferentes fuerzas, ypocas capaces de frenar la fuerza de la ilusión.
Todo aquello que hagamos (qué) cobrará más fuerza si se apoya en una causa, en un por qué. Así, si la posibilidad lo permite, el cómo se resolverá más adelante del mismo modo que el agua llega al pie de la montaña ignorando su ruta cuando el hielo empieza a derretir. Y llega.
El por qué es la fuerza que sustenta el qué, la meta. Es el motivo sin el cuál el cómo no tiene sentido, pues sin sueños no se camina, se deambula.
Ponte en marcha, basta de excusas.

Sal con un valiente

No existe hombre tan cobarde como para que el amor no pueda hacerlo valiente y transformarlo en héroe.Platón
El mensaje es claro: sal con un valiente. Esto no quiere decir que intentes, a ser posible, salir con un valiente, no. Quiere decir que salgas con un valiente. Con un valiente o nada.
Nadie debería enamorarse de alguien que, tras el tiempo suficiente, no sea capaz de decirte: “mi apuesta eres tú”. All in. Todo el mundo merece escuchar, al menos, un “¿sabes qué?, me la juego contigo”.
Al igual que tú, he visto a personas reaprender un deporte tras perder algunas partes de su cuerpo; he visto a gente trabajar meses o incluso años sin cobrar y a otros trabajar en un restaurante de comida rápida para terminar y ponerse a escribir, pintar o bailar porque eso no les da aún de comer; y he visto a un hombre que no puede vocalizar ni coger un lápiz revolucionar la ciencia… Y aún así, siempre hay alguien que dice: “no, es que no es mi momento”, “es que estoy centrado en mi trabajo”, “es que salgo de una relación” y demás excusas para llevarse el polvo pero dejar el mueble. Si hay amor se encuentra la manera.
Vivimos en una época donde no hay dragones que matar ni tierras que conquistar, y donde el acceso a recursos y las oportunidades son tan abundantes que saber lo que se quiere e ir tras elloconstituyen el único espacio para el heroísmo. Hoy, el (principal) problema no es que no se pueda, sino que no se quiera lo suficiente. La mayoría de cosas que no hacemos no es por dificultad, es por falta de amor.
Creo que la valentía es el valor más grande que puede tener un ser humano. Un valiente arriesga, elige, toma partido, se hace responsable y crea su destino. Es el capitán de los optimistas, pues no solo ve lo bueno sino que lo persigue sin negociar. Una persona así solo puede hacer tu vida más rica.
Como le gusta decir a Álex Rovira, “el coraje, más que la ausencia de miedo es la consciencia de que hay algo por lo que merece la pena que arriesguemos. El coraje es la fuerza del amor al servicio de la consciencia”. Y es que coraje y amor son atributos que se ven en el espejo: el que ama, arriesga y el que arriesga, ama.
Detrás de alguien que arriesga, hay alguien que ama.
Cuando no sepas dónde están esos valientes, fíjate en los que dicen  diciendo no, pues detrás de alguien que renuncia hay una persona que elige, detrás de alguien que elige hay una persona que arriesga y detrás de alguien que arriesga hay una persona enamorada. Donde hay un valiente, hay un amante.
Lo que diferencia a alguien valiente de un “cobarde” es que no se queda parado ante la bifurcación pensando en lo que pierde o en lo que renuncia, sino que ve en ti una victoria y ganancia suficiente como para no tener que mirar atrás. No se echa a un lado pensando que siempre puede venir algo mejor, porque acepta que el mundo es imperfecto, que tú lo eres… que los dos lo sois. Sabe que lo importante no es ni la realidad, ni lo que hay, sino lo que podéis llegar a crear, y para eso no hace falta ser perfectos, hace falta ponerse manos a la obra.
Un persona valiente no está pensando en las chicas o en los chicos que deja escapar, está pensando en ti. Eres su apuesta y su elección, y cualquier otro lugar le parece segunda división.
Nunca verás a un valiente haciendo una lista de pros y contras, porque para ellos el amor no es un mercado ni tú un producto más. Las decisiones racionales las deja para los yogures o las hipotecas, nunca para sus sueños. Nadie se hizo rico apostando en pequeñas cantidades.
Los valientes se la juegan porque “esa aventura no se la pierden”.
Si lo piensas bien, muchos de los dolores de cabeza amorosos que has tenido podrían haberse evitado saliendo con un valiente. Así que, la próxima vez que vayas al mercado de parejas de viaje, solo tienes que abrir los ojos y mirar de una forma que quizás no hayas hecho antes: en lugar de buscar por la categoría bellezaprofesiónestudios, o dinero, busca por la categoría sé quién soy/sé que quiero. Desconfía de lo pulcro, los cánones y lo resplandeciente, y fíate de la sangre y lo sucio, pues los valientes están llenos de arañazos y cicatrices, aunque a veces no se vean. Los valientes se baten el cobre, son los que bajan a la arena y se la juegan porque esa aventura “no se la pierden”. Es muy difícil encontrar a un valiente con el traje impoluto.
Un valiente no entiende la estúpida forma que tiene la cultura de valorar el éxito o el fracaso y la pérdida o la ganancia, pues cree que a nadie que lo ha dado todo se le puede exigir nada y que lo único que verdaderamente se puede perder en la vida no es una pareja, un partido, un sueldo, etc., ellos saben que lo único que verdaderamente se pierde en la vida son oportunidades.

No seas tu Plan B

Cuando alguien no se acaba dedicando a aquello que ama no se llama realismo, falta de recursos o imposibilidad: se llama conformismo.
Casi siempre la misma historia: niño con hambre de mundo y ambiciones se convierte en joven con sueño; joven motivado orienta sus primeros estudios a su sueño; joven menos joven termina estudios y envía CVs a empresas que colmarían sus aspiraciones; empresas en crisis o con muchas peticiones para un mismo puesto dicen no; joven desmotivado busca trabajo en lo que sea hasta que lo encuentra; joven empieza a ganar dinero y a comprarse cosas; joven olvida sueño.
Evidentemente, nadie va a decirte que se vendió por dinero o que le venció el miedo, pero al que se entrega a su pasión se le nota en seguida.
Es necesario recuperar la pasión y llevarla a todos los ámbitos de nuestra vida. Tu vida no empieza cuando terminas el trabajo, tu vida empezó al nacer. Si lo que más amas es cantar, canta; si lo que amas es hacer surf, monta una escuela de surf, y si lo que amas es escribir, crea tu propio (El) universo de lo sencillo.
No basta con estar contento en el trabajo, hay que estar enamorado de él de la misma forma que lo harías de una persona. A tu pareja no le dirías “estoy contento contigo”, a tu pareja le dices “me vuelves loco, quiero ‘tú’ a todas horas”. Con tu trabajo debe ser igual.
No seas menos de lo que quieres.
No basta con estar contento en el trabajo, hay que estar enamorado”.
Si aceptas el reto, hay tres grandes obstáculos a los que debes hacer frente. Son los asesinos de sueños: el dinero, la impaciencia y la opinión de los demás.
El dinero
Se llama ganarse la vida a ganar dinero, pero por ganar dinero, muchos se pierden la vida.
El dinero es el gran hipnotizador de nuestro tiempo. Uno de los mayores efectos que produce es hacer creer que aunque no sea nuestro trabajo más deseado, si pagan bien, vale la pena porque mejora la calidad de vida. Pero la calidad de vida no es una TV de plasma más grande o un aperitivo al sol una vez a la semana; la calidad de vida es vivir enamorado cada minuto de lo que haces, es no querer acostarse y despertarse antes que el despertador. La gente apasionada duerme poco.
Otra creencia equivocada es pensar que dedicarse a una pasión no da dinero. Todo lo contrario: la pasión conduce a la maestría, la maestría genera valor y el valor da dinero. Aunque para ello hay que tener algo de paciencia.
Impaciencia
En la cultura de la inmediatez, los primeros afectados son el esfuerzo y la perseverancia. Queremos muchas cosas y las queremos ya. La capacidad para posponer recompensas y gratificaciones está en peligro de extinción, y los prismáticos han sido sustituidos por unas gafas de cerca que todo lo aumentan y ocultan cuanto hay más allá.
Es en la perseverancia donde se descubren los amantes, donde se diferencian sueños y caprichos. Perseverar es hacer lo necesario el tiempo necesario.
Es posible que tu pasión tarde en darte dinero, y que hasta que eso llega tengas que buscar un trabajo ‘nutricional’ o de mantenimiento. ¿Cuál es el problema? Valga el ejemplo –y con todo respeto–, si trabajas ocho horas en una pizzería y al terminar te pones a pintar, no eres pizzero, eres pintor. Eres lo que amas, no lo que da dinero. Llegará el día que puedas vivir de tus cuadros. Al final, lo que diferencia a la gente que triunfa de la que no, es lo que hacen al salir de la pizzería.
La opinión de los demás
Nada nuevo bajo el sol. A la gente le gusta opinar, juzgar y proyectar su vida y experiencias en ti. Creen que sus límites son los tuyos, que el camino que ellos tomaron fue el mejor y que lo demás es desviarse. Llamarán locura y fantasía lo que para ti es pasión, pero la fantasía es solo la imaginación sin acción, y muere al pelear.
A menudo te harán sentir que vales menos y que no eres lo suficientemente bueno, lo cuál es lógico (tener un sueño no es ser idiota), al principio, ¿quién lo es? Pero no es quien eres, es quien vas a ser. Dice más de una persona dónde va que dónde está o de dónde viene.
Apostar por tu sueño implica grandes momentos de soledad en los que gente que debiera estar a tu lado empujando no lo está. Y es muy doloroso: ¿cómo les explicas que el éxito de una persona no es una cuenta de resultados que se mida en cuanto ganas, qué tienes o cuanta gente te conoce? ¿Cómo les explicas que lo que haces te gusta tanto que no quieres ponerlo en un segundo plano de nada? ¿Cómo les explicas que aunque no te apoyen no vas a cambiar de rumbo, y que si siguen así lo que van a conseguir es perderte? En el fondo son preocupaciones comprensibles: cómo vas a mantenerte, cómo vas a comer de eso… pero es precisamente en este momento donde hay que apretar con más fuerza, confiar en el poco a poco y dar más valor que tú crees que a lo que otros puedan creer. Es en esta bifurcación donde elegimos si tomamos el camino del verdadero éxito o el de regalar un buen trozo de nuestra vida.
No vivas esperando que vean lo grande que eres, vive intentando ser grande, que ya lo verán”.
El trabajo es una de las partes más importantes de nuestra vida. La cuestión es si te elige él a ti o tú a él, si manda en ti el miedo y la seguridad o tu ambición, si tus decisiones las tomas desde el miedo o desde el amor.
Confía en esa voz interior que te dice que es posible y trabaja poco a poco; no vivas esperando que vean lo grande que eres, vive intentando ser grande, que ya lo verán; ten la humildad de saber que tal vez no puedas llenar una plaza y cantar delante de diez mil personas, pero seguro que puedes cantar mil veces delante de diez. No se trata de ser una estrella, sino de sacar tanta luz como tengas; y, sobre todo, ama todo cuanto hagas, desde el primer minuto hasta el último, pues ningún segundo merece el deslucimiento que otorga el conformismo.
Haz lo que amas. No seas tu plan B.

Vive de forma que te duela marcharte

El hombre vive, el animal existe/El hombre muere, el animal termina.VV.AA/Enrique Rojas
Cuando se calcula la esperanza de vida no se tienen en cuenta los momentos que vivimos a medio gas. De ser así, sería mucho más corta. Es la diferencia entre existir o vivir, entre hacer de la vida un viaje llevadero o hacer de la vida un viaje espectacular.
Ante cada decisión, tenemos dos formas de plantarnos en el presente: como rácanos o ratillas que juegan a no perder su botín o como aventureros que buscan un tesoro en cada isla; con defensa de cinco o con tres delanteros y ataque por las bandas.
En una cultura que confunde tener y ser y que al confort llama felicidad, no es de extrañar que se haya interiorizado que el éxito es la ausencia de errores en lugar de saber que el verdadero fracaso es la ausencia de intentos. Esta creencia errónea ha devenido en el extraño hábito del ser humano de medirlo todo, compararlo y razonarlo. Demasiada confianza en la razón, útil para decisiones sencillas, pero corta para las grandes ambiciones. Como dice Ruth Chang, “un mundo lleno de elecciones fáciles nos haría esclavos de la razón”. Lo más importante no se mide en cantidades lógicas, racionales y cuantificables. Lo mejor de tu vida no vas a poder ponderarlo nunca en kilos, metros o grados. Ninguna báscula, regla o termómetro podrá calibrar el peso, poso y calidez que en ti dejaron los buenos momentos.
Esto no es una invitación a ser un temerario o a actuar como un pollo sin cabeza. Es un recordatorio de que el éxito no depende de factores externos, resultados o medallas, sino del desarrollo pleno de las capacidades internas. Dicho de otra forma, el éxito no es ganar la carrera, es correr todo lo que puedas.
La vida no es una bandeja que hay que picotear, es un plato que hay que rebañar”.
Dalo todo y no pierdas el tiempo con lo que no está en tu mano. Por ti que no haya sido. Y ya sea con una pareja, con tus amigos, en un viaje o en un compromiso que no te apetecía nada, intenta exprimir cada momento. Que donde estés, estés, pues estar en un sitio con la cabeza en otro lado es no estar en ninguna parte. Si cabeza cuerpo y corazón no se alinean, no es presencia sino ausencia. La vida no es una bandeja que hay que picotear, es un plato que hay que rebañar.
Dicen y repiten en Tierras de penumbra que “el dolor de hoy es la alegría de ayer”. Lejos de temerlo o rehuirlo, haz del dolor una buena señal y desconfía de las despedidas que ni fu ni faDe los sitios hay que irse llorando.
Unas veces tendremos que irnos nosotros y otras se irán ellos (momentos y personas), pero si algo es seguro es que no se puede disfrutar aquello que no estamos dispuestos a perder. En el precio de crecer está incluido salir de la zona segura, soltar, moverse. Y una vez empiezas a moverte ya no dejas de decir adiós. Crecer es un continuo echar de menos.
Se trata de un auténtico pacto de valientes: por cada adiós, un saludo; por cada saludo un adiós. Hasta saldar un día las cuentas entre el mayor de los saludos, nacer, y el mayor de los despidos: morir.
Niégate a morir sin un gran epílogo. Yo ya he decidido mi epitafio: quiero uno que ponga algo como “Aquí yace una persona que ojalá se hubiera quedado” o “¡Joder, él no!”. ¿Qué frase quieres tú? ¿Qué has hecho hoy por tu epitafio?
Darlo todo es el refugio y el consuelo de las vidas excelentes”.
Hagas lo que hagas, entrégate, dalo todo y allá lo(s) demás; exponte sin temor a esas experiencias donde las pasiones arden y los corazones ensanchan; cumple tu parte y no racanees a la vida con una versión de ti más baja de lo que puedes dar, porque son esos pequeños ahorros de entrega los que poco a poco van quitando brillo a nuestra historia y van dejando a nuestro paso un rastro de aventuras deslucidas.
Si te dejas algo en el tintero puede que te evites algún borrón, pero también puede que te pierdas uno de los mejores párrafos de tu historia.
Mientras que las garantías son los avales de las existencias pobres, darlo todo es el refugio y el consuelo de las vidas excelentes. Es en el coraje de exponerse ante el mundo sin reservas, a sabiendas de que puede no irnos bien, donde la entrega se convierte en el corsé que mantiene las cabezas altas.
Vive de forma que te duela marcharte.